Me perdía en sus ojos durante horas. Sus pensamientos rondaban mis sueños todo el tiempo. Sus manos volaban junto a las mías y sus abrazos, aunque imaginarios, me acompañaban al dormir. Sus palabras me levantaban para tirarme al vacío otra vez. Lo daba todo por él, y, sin embargo, nunca supe si me quiso. Pero ahora, ahora qué más da.
Lo quería tanto que me consumía por dentro. Lo quise tanto que me morí cuando se fue.
Así que después de él dije que nunca más. Nunca más lloraría, nunca más confiaría, nunca más me entregaría, ni nunca más querría.
Y ahora, que empiezo a revivir, sé que no sé si volveré a querer algún día. No sé si volveré a querer a alguien, como lo quise a él. Pero, ante todo, no sé si debería.
La miraba desde la barra, mientras secaba con un trapo un vaso aleatorio, recordando la primera vez que la vio sola.
La recordaba sentada en una de las mesas, escribiendo pensativa mientras se tomaba un café. De vez en cuando se inclinaba un poco más, haciendo que él la mirase embobado, porque entonces sus rizos caían descontrolados, flotando suavemente en el aire.
Recordaba sus labios tiernos y huidizos en el baño de una discoteca perdida en aquella ruidosa ciudad.
Recordaba su dulce voz a través del teléfono, hablando en volumen bajo y tono avergonzado,
Pero, sobretodo, añoraba su cuerpo entre las sábanas revoloteadas de su cama, mientras sentía el calor de su mirada, riéndose como locos los dos.
Y entonces volvió a la realidad, y, mirándola, se preguntó: "Por qué está ella con él?"
Pero él no sabía la respuesta, ni tampoco la sabía el vaso ya seco que estaba entre sus manos.
Te busco como una tonta. Te busco todos los días. Te busco por todos los rincones adonde voy y nunca te encuentro. Y seguiré buscándote todos los días de mi vida como si por algún casual te fuera a encontrar, como si no hubiera pasado. Seguiré buscándote aún cuando haya conocido todos los escondites del mundo.
Te busco en todo. Te busco en los libros, en los mapas. Te busco en las miradas de la gente. Te busco en sus sonrisas. Pero nadie me mira como tú. Ninguna mirada se compara con tus ojos azules, esos que tenían ese brillo que nunca encontré en otras miradas. Ni tampoco nadie me sonríe como me sonreías tú.
Te busco en la valentía de las personas, pero nadie es como tú.
Nadie se compara a ti, ¿sabes? Ni nadie nunca llenará el vacío que dejaste cuando te fuiste así. Me despierto con miedo a no recordarte. A no recordar cada detalle de ti, cada arruga, cada pestaña, cada palabra. Y cuando veo que sí me acuerdo, sonrío tanto que temo que se me rompa la sonrisa.
Hay veces en las que no te encuentro y me echo a llorar. Y a veces lloro solo porque me acuerdo de ti.
Y lloraré hasta cuando se sequen mis lágrimas. Porque esta, es una herida que no se curará nunca.
El tejado estaba frío pero ella seguía sentada allí, mientras el viento hacía que su pelo volase desordenadamente.
En el mp3 sonaba una canción, esa canción, con la que ella lo predijo todo. Había estado intentando salir del espacio todo ese tiempo, por miedo a los agujeros negros. Los veía a lo lejos, sabiendo que algún día la cogerían, y sin embargo no conseguía salir. Ese era su problema, nunca supo como salir. Y ahora, estaban cerca.
Se echó atrás, dejando que todos sus esquemas cayeran encima de ella, rompiendo su caparazón. Ahora que estaba sola, podía finalmente llorar. No tenía que fingir nada.
Y se dejó estar allí, en la calma, mientras toda la ciudad corría estresada. Y cuando comenzó a anochecer, ella se fue acomodando entre las tejas, esperando a que le llegara el sueño.
Pero el sueño nunca llegó, ni él tampoco.
Porque las chicas como ella, por las noches solo duermen.
Temblaba. Lloraba. Y con la mirada perdida seguía observando aquél río. Era una de esas oscuras y heladas noches de Noviembre, y la muerte se le calaba hasta los huesos, cubriéndola por entero.
Sus pelos revoloteaban al ritmo del viento frío, que de vez en cuando acariciaba su cara, suplicándole que no lo hiciera. Abajo el agua se resbalaba entre las rocas, llamando silenciosamente a su valentía.
Él. Ese sentimiento que le había acompañado toda su vida. Ese que le hacía sentir que por más cosas que tuviera, por más que lo intentase, nunca sería feliz.
Y mientras, ella sonreía tristemente al imaginarse el fin. "No más noches", pensaba,"No más máscaras. No tendrás que sofocarte más, no tendrás que fingir más, ni llorar. No tendrás que volver a intentarlo, para fracasar y caerte otra vez. No tendrás que soportar vivir con eso. No tendrás que soportar vivir con él. No tendrás que soportar ver como les haces daño una y otra vez, para hundirlos. No, si el daño que les haces es una sola y última vez.No, si eliges hundirte tú hoy."
Pero hundirse, es de valientes. Y al fin y al cabo, valiente, es algo que ella nunca fue.
Me preguntaron qué se sentía al ser querida incondicionalmente, no supe qué contestar...
Entonces pensé en él: mi pequeño, precioso y adorable tesoro. Ése al que valoro tanto, al que no cambiaría por nada del mundo. Él, el que me abraza cuando me siento sola, el que me apoya pese a todo, que me adora con todos y cada uno de mis defectos.
Ser querida incondicionalmente es estar en una playa al atardecer. Ser querida incondicionalmente es pasear en otoño y que de repente empiece a llover. Ser querida incondicionalmente es perder tus barreras sin esperarlo. Es dejar que alguien cure tus heridas y te acoja en su vida. Es tener miedo de que sólo sea un sueño. Es querer a alguien hasta lo infinito, y aún así ser lo suficientemente fuerte como para dejarte querer. Es no poder imaginarte una vida sin esa persona. Es perder el miedo a ser abandonada. Ser lo suficientemente madura como para dejar que alguien vea todo tu ser. Es pensar que a esa persona le puede pasar algo, y asustarse tanto que se te salten las lágrimas inmediatamente. Son abrazos sin fin. Son llamadas sin hora. Es lo más escalofriante y precioso que te puede pasar.
Y podría seguir describiéndolo eternamente, porque al fin y al cabo, eso es lo que tenemos por delante...
El color de mi pelo, la marca de mis ropas o el sitio donde viva. Mis amigos, mi instituto o mis zapatos. O las marcas de mi vida. Da igual las notas que saque, cuánto pese o cómo vista. A ti te importan los médicos que me siguen, qué piensen mis profesores. A ti te importarán las cifras,y las letras. No yo. Nunca yo. Y da igual qué estudie o en qué trabaje, siempre y cuando puedas exhibirme, ¿Verdad?.
No te importa que llore todas las noches durante horas, ni que sea emocionalmente inútil. Te dan igual los números que pasan por mi cabeza y las marcas que tenga por mi cuerpo.
Pero dime una última cosa:
Murmuraba silenciosamente: "Tú tienes razón, él no. Tú tienes razón, él no."...
Intentaba concentrarse solo en la respiración, para no recordar sus palabras, pero ellas no hacían más que repetirse una y otra vez en su cabeza.
Y le dolía. Le dolía tanto que le costaba respirar. Le había costado tanto superarlo la última vez que ya no se acordaba de lo mucho que le dolían esas palabras. Y allí se encontraba otra vez, abrazándose desesperada como si nunca hubiera ocurrido antes.
Si eso se lo hubiera dicho otro, le hubiera dado igual. Pero siempre era Teddy. Y ella nunca podía evitar escucharle.
El miedo la atemorizaba otra vez, y las lágrimas ya bajaban desconsoladamente por sus mejillas cuando empezó a pelearse con los impulsos desesperados de su cuerpo, que la intentaban llevar por el camino al que siempre la empujaban para llegar a la meta. "Esta vez no", pensaba.
Pero en su cabeza ya solo había una voz, gritando furiosa:
Era la una, o tal vez las dos. Llovía y hacía frío y ellos no decían nada, pero tampoco hacía falta.
Ella le miró, y él, aprovechando el momento, rozó con su dedo la mejilla empapada, recogiendo una lágrima recien caída de sus ojos llorosos, y entonces, dos sonrisas se iluminaron.
Jared tenía la mirada llena de promesas y esperanzas, y Scarlett... Scarlett con sólo verlo supo que ya todo había cambiado, y pudo confirmar que todo lo que había temido hasta entonces había desaparecido.
Él había roto las espectativas, había quebrantado las reglas que perseguían a Scarlett desde el principio de su historia.
Y entonces volvieron las lágrimas a resvalarse inevitablemente, como lo hacía la lluvia en las ventanillas del coche.
Y lo que Jared no sabía era, que esta vez, Scarlett lloraba de felicidad.
Eran las dos de la mañana de un sábado cualquiera y, quizás fueran las sábanas, o sus ojos, pero por algún inexplicable motivo, todo parecía diferente. Incluso la torre se veía diferente.
Y Marie, "Dios mío"-pensó mientras le acariciaba el pelo-, Marie estaba preciosa esa noche: sus ojos verdes que tanto le gustaban brillaban más, y estaba sonrojadamente perfecta. Quizás era eso lo que hacía que hasta el aire pareciera diferente.
Ambas se acercaron otra vez, lentamente, y sus labios se perdieron una vez más, dándole una oportunidad a que su corazón respirase por fin. Marie era distinta a todo lo que Louise había vivido antes.
Marie rebosaba vida por todos los poros, sus ojos se lo decían todo. Siempre que se abrazaban, Marie le rozaba con el alma, no como su pasado.
Sus labios se separaron después de un buen rato, pero los ojos de Marie ya no le miraban igual. Ambas sabían lo que venía a continuación.
Louise se incorporó, mientras Marie la miraba en silencio.
Cuando acabó de vestirse, Louise cogió su bolso y se acercó a la puerta, mirando atrás una vez más.
Los ojos de Marie seguían brillantes, sí, pero ahora tenía dos pequeñas líneas que bajaban por sus mejillas, resplandeciendo ligeramente a la luz de la luna que entraba por la ventana. A Louise se le hizo insoportable verla así otra vez.
-Por favor, no te vayas, Louise- suplicó, con una voz que le rompió lo que le quedaba de corazón a Louise.
Ella abrió la puerta, aún mirando a Marie, con la diferencia de que apenas podía ver: las lágrimas estaban luchando por salir de sus ojos. - Te quiero-dijo Marie en una voz casi inaudible.
Louise se giró y salió fuera. Un "Te quiero" se escapó silencioso entre sus labios, helando sus sangre. Pasaron segundos largos minutos tal vez, hasta que cerrando la puerta detrás suya, se encaminó hacia la salida del edificio.
No se resistió más a la lucha contra las lágrimas, dejando que cayeran descontroladamente bajo sus ojos.
"- Está crescidinha, linda e boa rapariga. Uma mulherzinha..."
Estas palabras no me salen de la cabeza. Ni tampoco tu sonrisa, ni tus abrazos.
Y las lágrimas no salen de mis ojos: ha pasado un año. Un año sin tí. Sin tus manos,tus ojos, sin tu risa.
Tú eras el que siempre estaba orgulloso de mí, y ojalá estuvieras aqui, porque te necesito. Tú fuiste el que me dio fuerzas para seguir, sin ni siquiera saberlo.
Te echo de menos, a morir.
Y, aunque no tenga mucho más que decir, la canción ya lo dice todo. Y aunque probablemente nunca lo sepas, siempre fuiste mucho más que un abuelo.
Si hubera podido te hubiera dado la mitad de mi vida, para así poder vivirla contigo...
No pasa un día sin que recuerde esos ojos azules que me miraban orgullosos ni esas manos maltradadas por el tiempo que acariciaban mi cara...
No pasa un día sin que piense en ti ni en tus palabras pronunciadas por tu gastada voz.
Me gustaría haberte oído decir todo lo que quedó por decir... No te merecías un final así.
Y sé que si hay un cielo, tu estás ahí en paz, feliz, mirándonos, cuidándonos, guiándonos.
Te echo de menos como nunca... Espero no defraudarte.
Quiero que sepas que eres y siempre serás una enorme parte de mí.
Nunca fui nada de lo que quise ser. Ni nada de lo que pude ser. Porque desde siempre las sombras estuvieron viéndome a escondidas. Nunca las cosas me fueron demasiado bien, es comprensible.
Aún hoy cuando todo parece ir bien el techo se me cae encima. Y cuando mis esfuerzos están en mantener bien firme el techo, el suelo se derrumba ante mis ojos, arrastrándome con él a un mundo donde todo es agridulce.
Nunca fui suficiente. Y sin embargo siempre fui demasiado. Y ahora, una vez más, no soy nada. Sólo una ráfaga de viento arrastrada por la corriente, perdida.
Y unas palabras suenan en mi cabeza, pero ya no de a misma forma.
Y me contesto a mi misma: "Maybe it is now."
Era verano y hacía calor. Me acerqué al jardín ese tan precioso que había visto aquél día. Una señora se sentaba en un banco, pensativa, mientras yo seguía paseando, pensando.
Ese jardín tenía algo que siempre había captado mi atención, algo que me atraía hacia él, que me llamaba, aunque solo ese día supe realmente el por qué.
Lo supe cuando miré abajo: rosas rojas. Un mar de preciosas rosas rojas iluminaba todo el jardín, dándole un aspecto maravilloso, fuera de lo común. Imperfectamente perfecto, como tu.
-Te he echado de menos- dije.- No sabes la falta que nos haces, lo necesario que es ver tu sonrisa otra vez.
Una brisa de aire rozó mi brazo, acariciando mi espalda. Era todo lo que necesitaba saber.
-Te quiero- seguí.
Una sonrisa se dibujó en mis labios lentamente mientras mis ojos se llenaban de lágrimas con sabor a marshmellows.
Al girarme, la señora del banco me miraba boquiabierta, con cara de espanto. Y me siguió mirando hasta que su vista dejó de alcanzarme.
Ella no lo sabía. No lo sabe nadie. Solo tu y yo.
"Solo tu y yo", pensé mientras la sonrisa más grande del mundo se formaba en mi cara.
Casi un año... Es increíble que hará casi un año... No sé como he podido aguantar tanto tiempo.
Te echo de menos, ¿Sabes?
Sí, lo sabes, de sobra. Igual que sabes lo mucho que te quiero... Sin tí, yo no estaría aquí, ni en ningún sitio.
Nunca te irás, eso lo sé ahora. Porque alguien tan grande como tú nunca se va, nunca se olvida. Alguien que siempre tenía una sonrisa, alguien tan inteligente y sensato, y sobretodo tan amado, no se va.
Gracias por todo lo que hiciste por mi. Tú, que siempre estuviste orgulloso de mí, aún cuando todo lo hacía mal. Tú, que al llamarla lo primero que hacías era preguntar por tu niña. Tú, que me diste el mejor momento de mi vida. Tú, que me mirabas siempre con esos ojos dulces llenos de amor y esa sonrisa en tus preciosos labios. Tú, que fuiste, eres y siempre serás, mi héroe.
Tú, que que no dijiste adiós.
Tardé mi tiempo en entender que no lo dijiste porque no te has ido. Tardé mi tiempo en sentirte, como te siento ahora. Tardé mi tiempo en saber que siempre estarás allí, abrazándonos, guiándonos cuando todo vaya mal. Porque incluso después de todo, fuiste la persona que me trajo un poco de cordura.
"Vete Deb. Vete ya de una puta vez. Déjame en paz, joder. ¿Es que no crees que has hecho ya suficiente?"-grito en silencio.
"Hahahahahahahahah... Estúpida... Sabes perfectamente que no me voy a ir nunca. Ni ellas tampoco. Nadie se va a ir de aquí. Y tu menos, gilipollas."- aún no sé por qué siempre me sorprende lo fría que es.
"No vas a ganar esto, no lo vas a hacer. Te conozco demasiado bien ya, Deb."
"Inútil de mierda, te crees de verdad que no voy a ganar? Ya he ganado, ¿no lo ves?"- y esa sonrisa irónica tan suya sale de su boca, ahogándome entre mis lágrimas heladas.-"Mírate al espejo. ¿No ves lo miserable que eres? Mira todo eso, mírate a la cara, y sobretodo, mírate a los ojos: ¿Ves como me quieres?"
Me vuelvo a la cama. Mis ojos ya se han cansado de llorar por hoy. Me arropo con las sábanas y me abrazo a él, intentando no oírla. Pero ella sigue con su discurso:
"No me voy a cansar nunca. Y sabes que en el fondo, hasta agradeces que esté yo... Porque dime, idiota: ¿Ves a alguien más?"
Y diciendo esto, me abraza con su piel agridulce, balanceándome, y poco a poco nos vamos durmiendo entre llanto y estrellas.
Seis de la tarde de un jueves cualquiera.
Ella va andando tranquilamente, ponderando todos y cada uno de sus pasos.
Lágrimas cayendo de sus ojos verdes le acarician las mejillas. El viento de marzo revolotea su pelo y le refresca las manos.
Se para a la mitad y contempla el frío sol de invierno en los reflejos del agua que tranquilamente desciende.
Sus ojeras revelan un mundo escondido, y su mirada desprende un abanico de emociones a los que ya está acostumbrada y que nadie se imagina.
Hoy no es. Probablemente ese día no llegará nunca. Es una cobarde, y lo sabe demasiado bien como para mentirse a si misma por enésima vez.
Y dando media vuelta, se aleja, dejando atrás su única esperanza.
"Respira hondo, tranquilízate"- me dice. "Es solo pasajero. Duérmete, mañana será otro día y no te sentirás así jamás. Sabes tan bien como yo que esto es solo su culpa. Esto es falso. Déjalo ya."
"¿Pero tú escuchas lo que te dices, F? ¿Eres tonta? Esto no acaba, y lo sabes. Te lo mereces, por G, por B, por todo lo que haces, inútil de mierda." Y sigue: "Todo esto te lo mereces, y más. Sigue, no pares, no pares hasta que tus ojos ya no puedan derramar más lágrimas, hasta que se note la marca en tu cuerpo. Esto sólo tiene una solución, y ambas sabemos cuál es."
Y lloro. Mientras ellas siguen peleándose y yo, imbécil espectadora, sigo a lo mío.
"Mírate: eres miserable. Mírate hace un año y mírate ahora, apenas nada ha cambiado. Te mereces lo que está pasando, te mereces todo eso. Porque sabías que iba a pasar y te confiaste. Por pensar que alguien podría quererte. Tú te has visto, ¿verdad? Gilipollas. Ahora sufre, sufre por ser tonta como siempre has sido."
El reloj marca ya las cuatro. Mis lágrimas dejan, al fin, de caer y y mis ojos van cerrándose lentamente, mientras sus voces callan al fin. Suficiente por hoy.
Un año aguantándome las ganas de verla. Un año de esperanzas, de errores, de ojos húmedos. Un año de miradas concretas, de cuadros vivos.
Y casi otro año de claridad.
Y sin embargo, vuelvo a hacerme las mismas preguntas que me he hecho toda la vida. Y sin embargo, sigo respirando hondo cuando las puertas se cierran.
Deb me persigue y yo inútil y patosa me he tropezado otra vez. Y la pregunta es: ¿ Me he vuelto a caer?
¿Podré esta vez levantarme?
Tengo que ir. Tengo que ir y fingir que todo va bien, porque ellos no lo entienden.
Dicen que tengo motivos para sonreír y yo no los encuentro.
Dicen que todo ha acabado pero yo aún sigo aguantándome las ganas de llorar hasta que estoy sola.
Dicen que todo ha acabado, pero yo sigo escuchando aún las voces de esos gilipollas gritándome cada vez que me miro al espejo. Sigo teniendo flashbacks cuando cierro los ojos, sigo sintiendo las miradas de la gente cuando paso.
Esto no ha acabado. No se acaba nunca.
Mía ha vuelto.
Ellos la han traído, después de cuatro años. Y no sé hasta cuándo se quedará.
Cómo la odio. Odio que me altere la vida, que se esconda y se haga la invisible, odio que me arrastre detrás suya. Pero sobretodo odio todo el bagaje que se ha traído.
Mía tiene tantas cosas innecesarias, crueles e inhumanas.
La odio, pero ella me grita y yo, frágil, me pierdo entre su voz, entre su superficial belleza y ese veneno tan cruento que se esconde bajo su piel.
Y una vez más, vuelvo a caer. Y aunque ella esté, yo caigo sola. Mientras ella me mira con esos ojos llenos de nada.
Y no tengo la mínima idea de cuando me levantaré.
Perdí la cuenta del tiempo hace mucho. Tampoco importa ya, lo que importa es que tú ya no estás. Y yo sigo aquí, queriendo volverme loca, porque volverme loca significa mirar tus ojos otra vez. Y me muero por no sentirte.
En un mundo perfecto, estaríamos ahora mismo abrazados en un sofá cualquiera, tu contándome tus historias , como siempre, y yo mirando tus preciosos ojos repletos de amor.
En un mundo perfecto no hubiera sido la cobarde que soy y te hubiera dicho todo lo que quería.
En un mundo perfecto, ninguno de los cuatro hubiera sufrido.
Pero esto no es un mundo perfecto, y la felicidad aquí no existe sin ti. Esto no es un mundo perfecto y yo sigo siendo una cobarde, como lo fui contigo, como lo fui con todos.
Pero esto no es un mundo perfecto y tus manos no rozarán las mías nunca más. Esto no es un mundo perfecto y tu boca ya jamás volverá a pronunciar mi nombre.
Mis cartas fallan, todas ellas. Aposté en un Tres de Copas y me salió As de Espadas. Mi cabeza da vueltas sin saber adónde girarse, todo se volvió negro hace mucho.
Las lágrimas brotan en mis ojos a cada duda que tengo, a cada paso torpe que doy. Me prometieron el cielo y no veo lo por ninguna parte.
"Sigue tu propio camino", me dijeron. Y ahora no sé siquiera si ya he llegado o si debo seguir adelante... Ni sé si quiero.
No sé siquiera si debería estar dejando que leas esto, no sé siquiera si lo leerás algún día.
Y mientras tanto, las voces en mi cabeza me gritan que no soy suficiente para nada ni para nadie, ni nunca lo seré. Y me lo creo.
Cada uno tiene su cruz, y no, la mía no es estar perdida.
¿Cuánto tiempo pasó allí? Ni ella misma lo sabe... Tal vez segundos, minutos o incluso tal vez años... Lo que importa es que consiguió salir...
Se levantó, todavía entumecida, todavía empapada, con ojos llorosos pero cabeza lenvantada, y paso a paso, lentamente, fue acercándose al borde. Al subir el peldaño que la separaba del suelo, dirigió la mirada hacia ese mar tan oscuro que durante ese tiempo había sido su casa y murmuró de forma casi imperceptible:
-Nunca más, hasta siempre...
Y una sonrisa se dibujó suavemente en su cara, haciéndola vibrar.
Cuando estuvo fuera se miró finalmente a ese gran espejo de plata que siempre le miraba, que siempre se reía de ella, mientras dejaba que sus pies disfrutaran del delicioso roce del césped...
Y delante de ella ese día vio a una chica preciosa, con ojos de color aceituna y manos blancas como la cal...
Y cuando menos se lo esperaba, sintió en las mejillas el cálido tacto de sus lágrimas. Y cuando menos se lo esperaba sintió la sangre bullendo en sus venas con una emoción que hace mucho que no sentía: alegría.
Porque ese día, detrás de su reflejo estaban los suyos...
Cinco miradas llorosas, cinco sonrisas iluminadas con orgullo...