Se levantó, todavía entumecida, todavía empapada, con ojos llorosos pero cabeza lenvantada, y paso a paso, lentamente, fue acercándose al borde. Al subir el peldaño que la separaba del suelo, dirigió la mirada hacia ese mar tan oscuro que durante ese tiempo había sido su casa y murmuró de forma casi imperceptible:
-Nunca más, hasta siempre...
Y una sonrisa se dibujó suavemente en su cara, haciéndola vibrar.
Cuando estuvo fuera se miró finalmente a ese gran espejo de plata que siempre le miraba, que siempre se reía de ella, mientras dejaba que sus pies disfrutaran del delicioso roce del césped...
Y delante de ella ese día vio a una chica preciosa, con ojos de color aceituna y manos blancas como la cal...
Y cuando menos se lo esperaba, sintió en las mejillas el cálido tacto de sus lágrimas. Y cuando menos se lo esperaba sintió la sangre bullendo en sus venas con una emoción que hace mucho que no sentía: alegría.
Porque ese día, detrás de su reflejo estaban los suyos...
Cinco miradas llorosas, cinco sonrisas iluminadas con orgullo...
Cinco rayos de sol.
Como dice la canción: Nunca es demasiado tarde.
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J.