terça-feira, 20 de maio de 2014

Save her. Please.


Estoy escrbiendo esto, y debería de estar haciendo cualquier otra cosa. Pero no podía dejar de pensar en lo que sus labios no pueden decir.
Que aunque la mayoría del tiempo ella tenga dibujada esa sonrisa tan perfecta, sus ojos no dejan de llorar, y en su interior se le clavan las espadas de su propia guerra, donde, gane quien gane, saldrá perdiendo ella.
Es inevitable que sus ojos acuosos dejen de mirar las olas cuando pasa, que sus manos a veces se le escapen, para acabar rompiendo las promesas que un día juró cumplir.
Mi pobre, dulce y fracasado tulipán sigue creciendo cada día un poco más, sí. Enraizado a la tierra que será su sepultura, bello como solo lo son las flores rebeldes, que nunca miran al sol. Sigue cada día enrojeciendo paulatinamente, pero es que él no quiere ser la flor más bonita del jardín, tan solo vive cada día deseando que el viento se lleve sus pétalos por alguna equivocación del destino, y sueña cada noche con una sequía que, como él, rompa las leyes establecidas, afectándolo solo a él.
Y yo ya no sé que debo hacer con mi pequeño tulipán y temo que cualquier día, lo encuentre en su rincón, solo como siempre, con sus pétalos marchitos y su cáliz deshecho por un golpe letal de algún capitán que lucha en el bando oscuro de su guerra, de su infernal y eterna guerra.


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