Muy despacio, fueron bajando el ritmo, hasta que se quedaron parados en medio de las mesas vacías y las sillas desocupadas. Como siempre, la noche les pertenecía.
Se ajustó el vestido y cogió su bolso y él se quedó atónito mirando como ella se acercaba un poco más y le abrochaba un botón de la camisa, arrugada despúes de un día de trabajo. Su corazón latía sin sentido mientras ella lo miraba, con las manos aún en su pecho.
-¿Te vas?- preguntó sin estar seguro de querer oír la respuesta.- ¿Te vas otra vez?
-Nos vamos- dijo mientras caminaba sonriente hacia la puerta-. A no ser, claro, que quieras quedarte.
Él corrió hasta ella, abrazándola por detrás, en un movimiento que casi los tumba a los dos. Y entonces ella rompió a reír, como nunca él la había visto.
¿Cómo había dejado que todo acabara tan mal?

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