Sus sollozos se sumaban a los semi-ataques de pánico que le entraban cada vez que recordaba la conversación de esa misma mañana. El pelo se le echaba a la cara, saliendo de la coleta deshecha por la inesperada carrera matutina. El móvil, en estado lamentable, delataba un ataque de ira del que había sido víctima mortal.
Y Marie, oh, la pobre Marie, después de haber pasado horas abrazándola y consolándola, y sin haber conseguido preguntarle qué le pasaba, se encontraba ahora sentada en la cama, con una taza de té en la mano, mientras la miraba con los ojos vidriosos, espectante.
Se quedó así durante mucho tiempo, hasta que Louise consiguió empezar a hablar. Primero, un susurro inaudible. Después, tartamudeos ininteligibles. Al final consiguió hablar, pero Marie desearía que no lo hubiese escuchado nunca.
-Lo saben.
-¿Cómo?- Las palabras de Louise tardaron en ser procesadas por una Marie desprevenida.
-Lo saben.
Y da igual lo que sucediera después, si Marie se desmoronase o tirase la taza de café contra la inmaculada pared de enfrente, si Louise se volviese loca o si siguiese llorando desesperadamente, porque a partir de ese momento, de esas palabras, todo había cambiado. Las cosas no volverían a ser nunca lo que habían sido, y después de eso todo se volvería oscuro, mientras el telón se bajaba silenciosamente en un teatro ya vacío...

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