sexta-feira, 12 de dezembro de 2014

One chance.


Tal y como aquella iglesia, yo tampoco soy lo que todos esperan de mí. Ella, al igual que yo, es la ruina de un pasado glorioso, donde probablemente vivió el bullicio de un pequeño pueblo, moviéndolo a su antojo.
Pero ya no es lo que era. Está muerta. Sus contrafuertes ya apenas tienen propósito: su techo adintelado se ha derrumbado, dejando que su interior esté tan desprotegido que ahora la lluvia, la nieve, el frío y el sol lo ocupen cuando así lo desean. Sus vanos están ahora abiertos, dejando que desde fuera se pueda ver un desolado escenario, donde de su esplendor de antaño ya solo queda el suelo, desnudo y helado, y la pintura desgarrada de sus paredes.
Y ella está allí, sola, desamparada, rodeada de edificios modernos y llenos de gente. Invisible a las miradas de todos. Perdida.
Sin embargo, sus agujas, aunque rotas, se alzan al cielo desde su gran altura, con una vana esperanza de que algo, o alguien, se fije en ella y haga un intento de restauro, cambiando el cruel destino de situarse detrás de un cartel que comunique  un eminente peligro de derrumbe.



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